La vida social

Cóctel

Que tenga este “tablón de desahogos” algo desactualizado no significa, aunque la intensidad se vaya reduciendo, que no siga sufriendo de cuando en cuando algún duro envite derivado de mis 200 centímetros de estatura. De hecho, hoy les narro un hecho de finales de abril.

Alguna vez me han dicho que si consecuencia de mi altura ligo más o tengo más gancho social. En el sentido positivo, podría contar con los dedos de una sola mano las experiencias. Sin embargo, en el sector engorroso sin embargo son muchas más, ya que a los borrachos en pubs o discotecas les cuesta refrenarse su puta gracia si pasas a su lado con tus 2 metros de altura.

Bueno, pues lo que me sucedió en el 30 cumpleaños de una buena amiga de mi novia no fue exactamente eso. Resulta que ese evento fue un totum revolutum en el que había gente de toda condición en un bar algo especial cercano al acueducto de la calle Bailén. Allí, ya avanzada la fiesta, hubo un grupo compuesto por una mujer y un hombre de mediana edad y un chico y una chica de unos veintimuchos que me miraban con frecuencia.

La anfitriona, como ejemplo de buena voluntad por su lado en buscar la interacción entre la gente dispar allí reunida en su honor, nos acercó a ellos, aludiendo a que le habían comentado que yo les recordaba mucho a un entrenador de su club de baloncesto; ya la cosa, como ven, iba a ir por la altura mía. Comenzaron a preguntarme, sobre todo los varones de ese grupito, de forma educada si tenía algún hermano o familiar en su equipo, el cual ahora no recuerdo, la verdad. A ello, les respondí afirmando que difícil, al ser hijo único.

Entonces fue cuando la tipa de mediana edad, no sé si motivado porque se hubiera pimplado más cervezas de lo habitual soltó algo así como “debe ser que tienes una cara demasiado común”, acompañado de una risa desaforada que no venía a qué. Entonces, los educados de su grupo me preguntaron si no jugaba al baloncesto, a lo que les comenté que era portero de fútbol.

No contenta con su primera salida de tono, la graciosa de turno ya entrada en años me pregunta que en qué equipo jugaba, a lo que, antes de decirle el nombre de mi equipo, le dije: “seguro que no lo conoces”. Sin dejarme continuar, va y me suelta “sí, vamos, que juegas en un equipo de “mataos””, nuevamente con una risa subida de tono, a la que no secundaron (supongo que abochornados) sus amigos o allegados. Creo que mi cara, según mi novia, era un poema (a lo que le dije luego a mi novia que qué coño quería que hiciera ante eso). Le respondí que en mis días buenos fui portero de los juveniles del At. De Madrid (cosa cierta) y di por finalizada mi interacción social con ese ser tan despreciable, el cual no sé si comporta así en estado normal o era derivado de que no sabe controlarse ante la graduación de las cañas.

Realmente la cosa, como verán, vino motivado por mi estatura. Si hubiera medido metro ochenta, hubiera tenido menos probabilidades de dar con una señora tan maleducada y estúpida. Je, si no recuerdo el nombre de su club de baloncesto será por algo; quizás los “mataos” sean ellos y los pobrecitos que tengan el suplicio de compartir actividad deportiva con ella.

A veces tengo miedo a la vida social. Nunca sabes con qué tipos/as te va a topar. Sin embargo, hace un par de semanas fui al 40 cumpleaños de un buen amigo mío y allí la gente que no conocía fue de un trato educado y exquisito, sin lamentar incidentes, y eso que había más de uno que iba también afectado por el alcohol. La estatura, quítense el mito, ni sirve para ligar ni para magnetismo social, ya que eso claramente se puede volver en tu contra. Con todo, dejando al margen a esta persona tan bochornosa, no lo pasé mal en aquel cumpleaños. Siempre hay que intentar quedarse con lo bueno para no suicidarse o por el contrario querer matar a alguien.

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