Qué pupita pa’ mi cabeza

Claro, muchos advertirán que al medir 1,99, los marcos de las puertas deben ser acérrimos enemigos de mi cabeza. Pues no se crean, ya que uno por defecto y por seguridad, aunque entre de sobra en el marco de una puerta, tiende instintivamente a agacharse para evitar males mayores.

El problema viene de la mano de otros agentes más sibilinos que no se aprecian a primera vista y están donde menos te los esperas. Y uno de esos elementos que más daño me han provocado han sido las barras de los vagones del metro que se disponían paralelamente a las filas de los asientos en la parte superior.

Por fortuna, los nuevos vagones o trenes del metro de Madrid, son más inteligentes y tienen las barras perpendiculares al suelo y no paralelas al mismo colgando del techo, pero hasta hace unos años, cuando lo común eran los llamados “trenes-caja” (el que aparece en la imagen que ilustra el post), en más de una y dos ocasiones me llevado un soberano golpe al levantarme de mi asiento al llegar a mi estación de destino.

La hostia contra la jodida barra de hierro o acero, como diría el impagable pescadero, digo mayorista, de la serie “La Que Se Avecina”, Antonio Recio, era TERRIBLE. Por fortuna nunca tuve que soportar la leve risa, o no me percataría quizás de las mismas, de la gente que estuviera alrededor, ya que más que el golpetazo, lo que jode en esos casos es descubrir que la ciudad no está hecha para ti.

Como ya he comentado unas líneas más arriba, y con esto termino por hoy, la tipología de los trenes del metro de Madrid han mejorado considerablemente y hace ya mucho que no sufro ninguna de estas jodidas experiencias. Lo jodido era que, como dice el refrán, “el hombre es el único animal que tropieza 2 veces en la misma piedra” y yo por desgracia me di más de 2 hostiazos terribles con las mismas barras. Me costó aprender, lo cual tira por tierra dichos tales como “la letra con sangre entra” o cosas similares. Nos vemos o leemos en mi próximo desahogo.

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