Subnormalidad grupal

Es común el hecho de que el ser humano magnifique su nivel de estupidez cuando se encuentra arropado de un grupo de allegados. Parece ser que la circunstancia le otorga una cierta seguridad al verse rodeado de amigos o amigotes para hacer el cafre y alcanzar niveles de bochorno, que llegan a sonrojar sin límites a aquellos amigos que tenga en su grupo que sean prudentes, los cuales casi siempre también hay en esas pandillas.

No hace mucho tiempo que pasé con mi novia por delante de una terraza de estas que abundan de primavera en adelante y en la misma habría un grupo de canis (niñatos en el argot de la calle) poniéndose tibios a cervezas o qué sé yo, entre los que destacó un descomunal tonto a las 3. El sujeto deleznable en cuestión, con una voz algo gangosa, no sé si provocada por el turbio estado de su cuerpo bañado en alcohol o porque le pesara la polla demasiado y ello derivada en un estiramiento de sus cuerdas vocales (lo cual dudo), comenzó a espetar: “¡Eh! ¡Gasol! ¡Eh! ¡Gasol!”. Pues sí, evidentemente me di por aludido.

A ello respondí con una peineta o corte de mangas mientras no paraba en mi paseo dejando a esa escoria social a mis espaldas. Y ante el hecho de ver el niñato de turno (supongo que los 20 ya los tendría cumplidos) que obtenía réplica por mi parte, empezó ya a insultar de forma inmisericorde, a lo cual yo también repliqué y me di un par de palmadas en el trasero, en claro signo de que se fuera a tomar por el mismo.

También le grité: “Ya te he visto la cara y ya nos cruzaremos algún día cuando vayas solito”. A eso no hubo réplica, no sé si porque no escuchó o en su estado de gilipollas absoluto mundial tuvo un momento de lucidez y se dio cuenta del error, porque yo pienso lo siguiente: ¿este gilipuertas de primer grado se atrevería a decirme eso él solito sin tener un grupo de palmeros que le rían las supuestas gracias? Yo creo que la respuesta es que no.

Como ven, a veces el hecho de que el ser humano sea un ser social conlleva sus cosas malas asociadas y el medir 2 metros no nos exime de ser objeto de las subnormalidades de esos gallitos que se comportan como tales cuando están escoltados por sus amigos; aunque estas bolsas de basura con patas en realidad no son gallitos, sino más bien gallinas y de bajo standing. ¿Qué quieren que les diga? Pues que qué menudo truño de gente…

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