Romper el hielo a cañonazos

Cuando una situación es tensa o cortante, se busca normalmente en la relación social común un punto de apoyo con el que se produzca una distensión o relajamiento. Esta práctica coloquialmente se la suele denominar “romper el hielo”. Bueno, pues de esto trata más o menos el desahogo de hoy, el cual además versa sobre una experiencia reciente y no sobre vivencias de archivo que poco a poco les iré relatando a modo de exorcismo histórico.

Esta semana me llegó el turno de pasar el reconocimiento médico anual de mi empresa. Una vez llegué a la clínica a primera hora de la mañana, sin haber probado bocado en varias horas y con un frío mañanero de mucho cuidado, tras entregar el papeleo tradicional en ventanilla, fui recibido por la enfermera o doctora que se encargó de dirigir parte de mi particular “ITV”.

Normalmente en una circunstancia de este estilo, en la que tienes que desvestirte parcialmente y cosas parecidas, la situación suele ser algo cortante. Con ello, es en parte lógico que se busque la aludida distensión buscando alguna forma de “romper el hielo”. Bueno, pues la buena mujer que me atendió, lejos de complicarse la vida, tiró por el camino facilón; adivinarán supongo, ¿no? Sí, en efecto, empezó constantemente a hacerme comentarios sobre mi estatura. Primero, que tuviera cuidado de no darme en una puerta (aseguro que un tío de 2 metros, por norma general, lleva de serie el agacharse ligeramente al pasar cualquier vano), segundo preguntándome por el gran tópico de si jugaba al baloncesto (no a mucho tardar, les hablaré de esto) y así varias otras cosas al respecto.

Tiendo a pensar por lo general (salvo en casos en los que la mala leche y el sarcasmo son claramente tangibles) que la gente no suele tener mala intención, y que es solamente su falta de tacto o empatía lo que les hace caer en estas situaciones realmente bochornosas; reitero que es lo mismo que si a una señorita resultona les estás todo el rato preguntando por sus medidas, comentándole que qué bonitos tiene el culo y los pechos y otras lindezas; sí, claro, son piropos y vítores hacia esa persona y en ningún caso nada malo, sino todo lo contrario. Lo que sucede es que eso no es de recibo y para los tipos altos, que traten insistentemente sobre nuestra condición, nos resulta bastante enojoso.

Finalizando con esto, sin negar la buena voluntad de esa enfermera (tan solo dejándola algo en entredicho), lo que más me molestó del reconocimiento fue eso: que me volvieran a hacer sentir como alguien raro. Ni el hecho de estar en ayunas, ni que me sacaran sangre y ni siquiera que me detectaran una posible insuficiencia cardiaca leve o muy leve, fueron cosas que me molestaran tanto, básicamente porque el reconocimiento es voluntario y lo hice por que lo estimo conveniente y necesario.

Reitero que supongo que esta señora buscaría romper el hielo y propiciar que todo fuera más amable, pero lo que hizo de esa manera fue romper el hielo a cañonazos como he mencionado en el título del artículo. Por ello, la moraleja de hoy (dentro del respeto que han de mostrar ante la gente alta que se encuentren), es que cuando comiencen a interaccionar con ellos, por favor, eviten mencionar nada de la estatura; este tema de conversación es algo que ya tenemos bastante trillado en nuestras vidas.

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