Teatros o cines, que es lo mismo

Primera vivencia que les cuento y curiosamente la que me motivó a crear este blog. Fui a ver el grandioso musical “Avenue Q” (del cuál cogí el título y “leit motiv” de una de sus canciones para titular este blog) al teatro Nuevo Apollo de Madrid para celebrar el año nuevo 2011. Aquí se dieron 2 circunstancias engorrosas derivadas de mi estatura. Todo ello muy completito, ya que una es psíquica, social o relacional y la otra meramente física.

Empezaré por la 2ª. No sé si se habrán dado cuenta, pero en los teatros y en la mayoría de los cines (de ahí el título del post), la distancia entre una fila y otra no es muy grande, ni siquiera para la gente dentro de la media de altura. Pues imagínense para alguien como yo. Tuve que estar las 2 entretenidísimas horas del musical encajado en mi butaca, con el culo pegado al respaldo y con las rodillas empotradas con el asiento de la fila de delante, cuya parte trasera (¡¿Cómo no?!) es de “cómodo” plástico duro. Suerte que hubo un descanso de 15 minutos que si no…

A esto se sumó que, claro, al no poder repanchingarme en el asiento echando un poco el trasero hacia delante, mi espalda completamente recta jodería bastante la visión a quien estuviera en la fila de atrás. Ya lo supuse cuando el acomodador le decía a alguien situado detrás de mí que la sala estaba completa. El problema vino cuando el chico, con bastante educación en este caso, pero con poco tino en el momento (ya que lo hizo cuando empezaba la función, con la consecuente pérdida de las primeras frases del guión por prestarle atención a qué me decía), me comentó su falta de visión por culpa de mi estatura. Yo le hice ver que no podía hacer nada y que ya me gustaría poder estar más cómodo y poder tener algún margen de maniobra en ese asiento.

A su favor, por lo menos empatizó conmigo diciéndome que “supongo que esto te lo habrán dicho muchas veces”, “siento molestarte” etc. A ver, entiendo perfectamente que es una tremenda putada que te toque un tipo como yo delante en un teatro cuando te has gastado 30 euros o más en una entrada. Pero, ¿y qué quieres que yo le haga? De esa forma estuve hasta el descanso (porque luego parece ser que había una fila reservada que no fue ocupada y se pudo cambiar de localidad) incómodo pensando que estaría jodiendo al pobre chaval la experiencia, por el simple hecho de ser como soy (uno, aunque no se lo crean, es solidario) y con cierta “mosca detrás de la oreja” cada vez que oía que comentaba algo con su pareja, que pudiera ser a lo mejor alguna queja del estilo “hay que joderse, no veo nada con éste delante”.

Esta situación, dentro de lo que cabe, no es de lo peor ni mucho menos que he sufrido por mi estatura. Las hay peores y ya iré tirando del “baúl de los recuerdos” (¡quién tuviera alzheimer selectivo para ciertas cosas!) y verán que al menos aquí la cierta amabilidad y educación de este chico, no hizo que fuera algo excesivamente desagradable, aunque sí resulte incómodo ver que eres un estorbo para la sociedad en ocasiones. Cuando sonó el “Qué mierda ser yo” en la obra, me dieron ganas de inventarme 2 versos rimados sobre el tema de mi estatura y poder cantar con los muñequitos y actores de “Avenue Q” sobre el escenario.

Con esto, cada vez que yo voy a un teatro o cine, más allá de preocuparme de si me va a gustar la obra o película, también me asaltan temores del estilo de “¿entraré bien en mi butaca?”, “¿molestaré a alguien, me comentará en ese caso que le molesto, de qué forma lo hará…?”. En fin, y como ésta muchas más. Nos vemos en mi siguiente desahogo.

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