Da igual la edad

Viejetes muppetsNo se crean que por la falta de actividad (este año no hemos “celebrado” siquiera el aniversario de la bitácora; 6 años se cumplieron) me sobren motivos para seguir posteando por estas tierras. La cosa sigue de cuando en cuando repuntando. Desde que a veces salir a pasear resulta simplemente insufrible por la “mala suerte” de tener agudeza auditiva y escuchar los cuchicheos (y, peor aún, risitas) de la gente, a tener que hablar por teléfono con gente que no te recuerda y que al caer en quién eres te saca el asunto de que deberías haberte dedicado al puto baloncesto en lugar de a las porterías de fútbol 11…

Pero sin lugar a dudas la ocasión más chocante de las últimas vividas tuvo lugar en una visita a mi madre. En el portal tuve la mala suerte de cruzarme con vecinos (cada vez uno es más huraño, y lo entenderán por lo que viene a continuación). Era una mujer de mediana edad que iba en compañía de un anciano diría yo nonagenario; padre e hija supuse.

No sé por qué me daba en la nariz que me dirían algo con el asunto del que aquí verso. Y no me equivocaba. El señor, que sería muy castizo, a pesar de estar hecho polvo a su edad, empezó a hacer comentarios muy graciosos y repetitivos sobre mi estatura. Al montar en el ascensor, el hombre no cesaba en su reprochable gracejo. Por su lado, la hija se veía abochornada y me pedía disculpas.

Se bajaron en el 2º piso (imaginen tomar el ascensor para una planta cómo estaba el señor de estado físico). Bien, pues, ¿se creerán que el tío se quedó sujetando la puerta siguiendo soltando comentarios sobre mi estatura que ahora no alcanzo (ni quiero) recordar?

En esta ocasión aguanté estoicamente el rapapolvo, no diciendo nada más al señor que no me gustaba comentar nada sobre mi estatura (lo cual no le hizo cesar en su empeño; está claro que el pobrecito chochea y mucho), pero ya cuando vi que no me dejaba seguir subiendo, le solicité si era tan amable de dejarme seguir. Subí estupefacto a casa de mi madre, le narré la experiencia y no sé qué más. Quedé flipado.

La verdad es que hasta que por cuestiones de edad no mengüe al 1,90 cms., me da a mí que no voy a tener respiro. Da igual la edad, las impertinencias, como pueden comprobar, vienen de quien menos te lo esperas.

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¿Será el calor?

Termómetro calle

Últimamente he tenido que sufrir algunas pildoritas, que no sé si se deben a que el potente calor que se vive en España afecta extremadamente (como estudios médicos ponen de manifiesto) al comportamiento de la gente, haciendo que se comporten de forma merluza. Hace una semana me pasé por un polideportivo a hacer una reserva de pista para jugar al pádel. La tía que atendía en la ventanilla me hizo de primeras un comentario sobre mi estatura, al cual hice oído sordo, no sé si por voluntad o porque tampoco me enteré mucho qué chorrada fue la que soltó (creo que algo del tipo “¡Uy! Qué alto es usted”).

Se ve que la moza, ya talludita, estaría de prácticas o es que simplemente se daba el hecho de que había una compañera (funcionaria, I guess) a su lado sentada tocándose el papo. Pues cuando me dan el ticket del pago por tarjeta y el justificante del alquiler/reserva de la cancha, me pregunta cuánto mido. Tonto de mi (una y otra vez, mil veces… No me cansaré de repetírmelo), le digo lo que mido. Debería haberle respondido con un “y a ti, ¿qué cojones te importa?” o un “¿y tú cuánto pesas?”. ¿Nuevo caso mío de lentitud de reflejos o simplemente que uno es educado sin más? No sé.

Bueno, pues tras decírselo, empiezan a hablar entre ella y su compañero, riéndose por lo bajinis. Yo, que iba con mi novia, solté en alto, con toda la intención de que me escucharan “la verdad es que no sé de qué se ríen estas tías”. Vaya par de gilipollas, de verdad. El próximo día que vaya a reservar pista (que iré) espero que no se les ocurra seguir con la cantinela, ya que iré preparado y se arrepentirían de ello.

Y la segunda entrega tuvo lugar ayer, en un autobús interurbano. Un conductor de la línea, que es bastante simpático (no hay “tono ironía on” en esto) al que hacía mucho que no veía, me suelta nada más verme “¡joder! Te veo más alto desde la última vez que te vi”; sabrán ustedes lo que toca los santos testículos que te suelten eso. En esta ocasión estuve más rápido y le solté en plan broma y socarrón cosas del palo como que a ver si se graduaba la vista, que a mi edad ya no se crece y que a ver si iba a ser que él había menguado. La cosa no fue a más, porque el tío no me cae mal, pero evidentemente mucha gracia no me hizo.

Ahí lo tienen: 2 hechos que han tenido lugar con muy poca distancia, en una racha bastante discreta de varios meses sin sufrir demasiado por hechos dignos de contar en este cajón de desahogos, pero que me hacen rascarme la oreja y preguntarme si es casualidad o se debe a que el calor aturulla a la gente. Espero no tener que volver a escribir mucho por aquí, pero si hay que hacerlo se hará.

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La “Fiesta Del Cine”

Palacio de Hielo

Ya saben que este blog no tiene afán de protagonismo, sino de desahogo o escape, con lo que la falta de actividad siempre será buena señal y la publicación de un nuevo post un motivo de disgusto. He aquí la última experiencia, la cual viví hace un par de semanas cuando se celebró la última fiesta del cine. Acudí al Dreams Palacio de Hielo a ver “Trumbo”, film protagonizado por Bryan Cranston, ese “Heisenberg” de “Breaking Bad” para la historia cultural mundial.

El hecho de pagar una entrada a 2,90 eur. me supuso que antes de entrar a la sala, cuando fui al supermercado de la planta baja del centro comercial a coger algo de picoteo para tomar durante la película, me cruzara con un ejemplo lamentable de padre. Resulta que cuando fui a la línea de cajas para pagar las 2 bolsas de gusanitos y los 2 refrescos que había pillado para mi novia y yo, pasé al lado de un tío que iba con sus 2 hijos, el cual, sin filtro de ningún tipo, les soltó a sus vástagos a plena voz “¡Hala! ¡Qué tío más alto! ¡Si es más alto que yo!”.

Primero de todo, este horrible sujeto, desperdicio social donde los haya, mediría no más de metro 80, con lo que muy alto no era. Ya esto demuestra las pocas luces del sujeto en cuestión, por si con lo ya descrito quedaba alguna duda. Debería por tanto haberle soltado algo como “normal, pero si es que tú eres un tapón de gaseosa, tampoco hace falta mucho para ser más alto que tú”; lo que pasa es que una vez más el factor sorpresa y las prisas para no llegar tarde a la película hicieron que este payaso de mal gusto se quedara sin su rapapolvo merecido.

Sus hijos no tendrían más de 6-7 años. Me dirán ustedes qué seres sociales se van a desarrollar a la sombra de un gilipuertas de tomo y lomo como es su padre. Puedo enteder que estos comentarios se hagan a mi paso, pero les rogaría que se esfuercen en ser discretos, ya que molesta (y mucho) y como me cojan en un día rápido de mente y con tiempo, les aseguro que lamentarán haber soltado sus irrespetuosas opiniones al aire.

Volveremos por aquí la próxima vez que tenga que afrontar la supina pereza que me supone tener que escribir sobre ejemplares del género humano que salieron mal de fábrica y que por desgracia no pudieron ser devueltos al proveedor. Casos como el de este tío, con poquísimo conocimiento, ya que si es capaz de darse cuenta de mi envergadura y comprende que a su nivel de voz le escuchaba claramente lo que decía, una de dos: o buscaba que le partiera la cara o simplemente se da el hecho de que su cerebro no da más de sí. Me inclino por la 2ª opción. Y a estos especímenes la naturaleza les permite ser padres y educar a nuevos seres. Así nos va. Al menos “Trumbo” y Cranston merecieron la pena.

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5… Y debe seguir (por desgracia)

CAM022155 años que se cumplieron ya hace unos pocos días de la creación de esta ventana para gritar ante los hijos/as de puta que me topo por ahí y que se ven con manga ancha para tocarme a base de bien los cojones con respecto a la estatura que involuntariamente poseo. En esta ocasión el desencuentro fue en la cabalgata de Reyes Magos de Torrejón de Ardoz. Más bien fue al término de la misma, cuando iba de retirada para casa con un viento frío que echaba para atrás.

En esos ambientes es fácil encontrarse con preadolescentes ya emancipados del control paterno y que van en camarilla (lo peor que puede suceder, ya que, como tristemente sucede, son muchos los que en grupo pelean por hacerse el gracioso a costa de la falta de respeto a los ajenos). Se toparon conmigo, cuando estaba haciendo una foto con el móvil a unos muñecos de “Toy Story” que habían formado parte de interminable desfile (foto que preside el post), un quinteto de niñatas deslenguadas.

Una de ellas, tras chocar conmigo (porque ni siquiera saben andar por la calle, que ya es triste y preocupante el asunto), empezó a decir que sí “¡qué alto!” y demás chorradas, todo envuelto en una risa de hiena estúpida, risa ante la que me aterroricé al pensar cómo puede comportarse esta tipa en 6 años cuando se chute cocaína (que les aseguro que lo hará) y se le desencaje la boca por ello.

No me puedo reprimir. Me indigna y contraría demasiado y también me entristece, ya que esas son las vistas que España tiene para remontar en décadas posteriores (con estos mimbres nos vamos a pique). Simplemente la espeté: “¡Qué gilipollas eres, niñata! ¡Pero qué gilipollas que eres!”. Ante eso, las otras 4 que iban con ella empezaron a mascullar entre ellas, como sintiéndose indignadas por mi reacción… ¡Encima!

La culpa es de los padres, sí. A sus 12 años van por ahí sueltas sin educación alguna. Algo han tenido que ver los hijos de puta que las trajeron al mundo y que no tuvieron tiempo de decirlas en su momento: “A ver, hija mía: siempre nos puede hacer gracia una persona, pero no te rías o burles de él de forma que se entere, sino que hazlo sin que se dé cuenta”. Pues no. Seguro que el padre tendría que irse a tomarse una cerveza de más al bar y la madre cotorrear 5 minutos de más con sus amigas.

Mientras tanto, estas crías crecen cerriles, desnortadas, maleducadas y se dedican a pegar sus tampones y compresas en las sillas del instituto o colegio (verídico; se lo dice uno que es hijo de una señora que en su día tuvo que limpiar aulas de centros de enseñanza, con lo que sé de lo que hablo), entre otras muestras de incivismo, y quizás en unos años pasen a engrosar el listado de tristes protagonistas de ese aterrador programa de televisión que es “Hermano Mayor”.

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Rick Astley y las histéricas

Rick AstleyCada vez me da más miedo ir a un concierto. Manda huevos que yo tenga que ir pidiendo perdón por mis 2 metros cuando voy a un evento de este tipo. En realidad, en este post, seguimos con lo mismo de siempre, a saber: yo no tengo vista de lince y por eso no me voy a poner al final de la sala, si hay hueco detrás mía es porque no se ve (¿han entendido los caraduras que avanzan sin escrúpulos llegando tarde?), etc…

Hace unos días fui a La Riviera a ver a Rick Astley, uno de mis cantantes pop favoritos, con una de las canciones que forman parte de mi vida o al menos de mi infancia (que eso siempre marca): “Never gonna give you up”. Bueno, pues en esta ocasión se dio el caso de gentuza de esa que llega tarde y se va colando hasta que ve un hueco libre a mis espaldas, básicamente porque, o mides 1,90 cm o más o no se ve un carajo.

Ahí se juntarían 2 o 3 petardas de tamaño descomunal. Estas guarras no se dirigieron a mí directamente (menos mal), pero se pusieron detrás de mí y hablando a grito pelado empezaron a quejarse de que no veían nada y a soltar chorradas varias con unas carcajadas que solamente nos daban 3 opciones: 1- no han recibido la más mínima educación en su vida. 2- nos las han cruzado la cara en su oscura existencia. 3- se habían esnifado unas lonchas de coca de la peor calidad posible; yo creo que era más bien la última opción. ¿O quizás una suma de las 3 posibilidades? No sé.

En estos casos hay que templarse, ya que si te das las vuelta tienes las de perder. Ahí no hay vuelta atrás: terminas a hostias (sean tías, tíos o vacas lecheras; también podrían ser la 3ª opción, ya que no me di la vuelta a comprobar qué eran), y eso conlleva que te pierdas el concierto de primeras, cosa que no quería bajo ningún concepto. Para eso existe este blog, para ajusticiar a esas hijas de puta sin que ellas logren ningún propósito en su momento: ya fuera el pasar delante mía o verse habilitadas a poner una denuncia por agresión en su contra que les dejara con un ojo morado que les pudiera generar alguna indemnización económica tras el pertinente juicio de faltas.

Estas tiparracas a buen seguro tendrán en su oscura existencia unos cuernos más grandes que el padre de Bambi, en el supuesto, claro está, de que tengan pareja sentimental. A lo mejor ni la tienen y por eso siguen babeando con el pobre Rick. Claramente, de gente así no se puede sacar nada bueno y hay que estar muy desesperado para salir con una verdulera de este calado o siquiera tirártela (yo no las toco ni con un guante de horno); su griterío y risas de hiena eran constantes, no solamente al hacer comentarios hacia mi persona, sino por cualquier cosa que pasara. Por este motivo estas zorras siguen exponiéndose en distintas situaciones y van provocando el conflicto, ya que en el fondo están jodidas de que no las jodan (valga la paradoja).

Reitero: si llegas tarde a un concierto, te jodes, te aguantas y lo ves desde donde te ha tocado. Si no, madruga y vete pronto a la sala y colócate bien sin joder la marrana al personal. El caso es que estos 2 o 3 putones verbeneros se volverían a su casa con el contador sexual corriendo, se harían un dedo pensando en mr. Astley y lo único que se llevaron en su zurrón es haber sido tristes protagonistas de este blog. Como he dicho antes: ¡Qué existencia más oscura!

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A buscar otro quiosco

Marca Atleti 4-0 Madrid

Mi padre, que en paz descanse, era señor de prensa deportiva a diario. Yo solamente la compro cuando mi Atlético de Madrid gana algo. Hace unos días tuvo lugar la mayor goleada que he visto que le hayamos metido a nuestro eterno rival: 4-0. No compensa el descalabro del pasado mes de mayo en la final de la Copa de Europa, pero ayuda a llevarlo mejor. No obstante, ese debate aquí no ha lugar. A lo que vamos.

Resulta que en mi nuevo barrio de Madrid bajé al quiosco más cercano a comprar no solo el diario Marca, sino también el As; normalmente solamente compro el Marca (que era el que traía día a día mi padre a casa), pero la ocasión tan especial merecía guardar en mi particular hemeroteca 2 ejemplares de esa goleada.

Pues llego al quiosco y el que lo atendía va y me suelta “ya me podrías dar algunos centímetros”. Deténganse a analizar la poca gracia y originalidad de la bromita de turno. No quise ser muy maleducado, a pesar de que esa tocada de huevos lo merecía por amargarme mi regusto de satisfacción deportiva como aficionado y le dije “pues regálame la prensa a diario y si quieres hablamos”.

Seguro que era un madridista amargado que no encontró otra manera de joder la marrana a un atlético, ya que supongo que un tío que compra 2 periódicos deportivos al día siguiente de un At. Madrid 4-0 Real Madrid se ve a la legua que es rojiblanco (bueno, también podría ser un culé o un simple antimadridista, que también existen). Pues que se joda, ya que a pesar de su ansiada décima de los cojones este año les hemos bailado en todas las competiciones (Supercopa de España, Campeonato Nacional de Liga y Copa del Rey).

En definitiva, que a la próxima que mi Atleti nos dé una alegría a la parroquia, tendré que buscarme otro quiosco. Ya le he echado el ojo a otro que hay unas calles más abajo. ¿Qué le vamos a hacer? Supongo que un cliente que compra un periódico de Pascuas a Ramos no es un cliente muy provechoso, pero si trata así al resto mal le va a ir la cosa. ¡Aúpa Atleti!

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La teoría del Forrest

Carretilla

Como ven, no es posible cerrar esta página, porque siempre aparece algún merluzo de cuando en cuando. En mi trabajo hay un tío que viene a rellenar las máquinas expendedoras de comida y bebidas que yo, para mis adentros, llamo Forrest. El motivo es que se asemeja o me recuerda en aspecto a un compañero de instituto al que llamaban así, y no es que se pareciera aquel chico a Forrest Gump, pero el caso es que el muchacho tenía ese sambenito de dudoso gusto.

Pues el pasado viernes se confirmó que este repartidor es un tonto absoluto y se merece que le apode Forrest. Vaya por delante que nunca he hablado con él, ni le he dado confianza para nada, pero el caso es que tras abandonar la sala de descanso de mi oficina, el muy imbécil va y me suelta “Cuidado, no te vayas a dar con la puerta”. Decliné decirle nada, ya que había una supervisora en la sala. Por nada del mundo quería que por montarle un cirio el asunto llegara a oídos del departamento de personal y encima me buscara la ruina laboral; para esto ya está “¡Qué mierda ser yo!”.

Huelga decir que lo que soltó fue en plan de mofa, ya que la puerta medirá unos 3 metros, es decir, no es un caso de prevención hacia mi persona. Y me pregunto yo, este tío, ¿se cree gracioso? ¿Cree que de esa forma podrá acercarse a mí para establecer algún tipo de diálogo? Baste como referencia un hecho de este tontito: el muy torpe, según llegó a mis oídos, volcó su furgoneta de reparto en una isleta cercana a mi oficina, en una calle en la que no sé cómo coño puede llegarse a ese desenlace. Todos los tontos tienen suerte, ya que el tío salió ileso, pero el vuelco creo que fue digno de un programa de videos de risa, creo.

Vamos, que el tío demuestra que es un Forrest total en todos los sentidos, no solo como conductor de furgonetas, sino socialmente hablando. Un gilipollas más, que solamente se libró de una buena reprimenda porque nos encontrábamos en la oficina, que si no le hubiera puesto a caer de una burra. Pero, piénsenlo: pobrecito, ya bastante tiene con ser como es, ¿no? Pues eso, se confirma la “teoría del Forrest”. Hasta el próximo estúpido/a que me encuentre, que, por desgracia, seguro que lo habrá. Yo espero que tarde en aparecer.

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